ACABAR CON LAS ESPECIES

Llueve,
mi mano
en una gota
te sostiene...”
Yurimia Boscán

A veces presiento que voy a encontrar algo un poco más allá de donde veo la lluvia, mientras una gota muda pasea descarada sobre el cristal de la ventana y me fuerza a presenciar su efluvio, porque más allá de la gota hay lluvia, y más allá de la lluvia hay sequía. Su estela me entretiene y su miedo me cautiva, pues se arrastra con recelo y no se decide aún a dar ese gran salto al vacío. Al contrario, pausada toma su forma redonda y neutra que enseguida -ya un poco inquieta- se transforma en un caballo líquido y desbocado que corre sin rumbo por la llanura transparente. La admiro y trato de tocarla para contagiarme de la extraña fuerza que exhibe en silencio, pero me detengo. Estupefacto, reacciono y me doy cuenta a tiempo de que habría sido capaz de violarla con mis dedos y ponerla a parir seis o siete gotas gordas, diminutas y pasajeras.

Me arrepiento y siento miedo de unas intenciones que han sido más bien instintivas, porque yo solo quería contagiarme de esa fuerza natural y descubrir en el contacto ardoroso, la voluntad que permite surcar distancias sin mediar arrepentimientos, como un paracaidista intransigente que insiste en desconocer su destino.
Asustado volteo y al menos puedo ver que estás aquí conmigo, medio desnuda y dormida todavía, haciendo estragos en el sueño, con gestos indefinibles, desquiciada acariciando eternamente el deseo, curiosa buscando respirar por encima de la almohada, con un seno amputado por la sábana ocre y la cabellera inocente cayendo hacia el piso, pero sin tocarlo, sin tocarlo nunca.
Y respiro profundo un par de veces y hago un gran esfuerzo para escapar de la ventana y saltar hacia ese destino natural de Adán y Eva dando al traste con Dios, sin más paraíso que el cuartucho exiguo de un viejo hotel del cual sólo podríamos ser expulsados por una anciana sin dientes hacia un diluvio que extrañamente hoy se ha hecho eterno, que insiste en ahogar a una iglesia en ruinas que se ve desde la ventana, y a un perro indiferente que se revuelca en el pantano, en un charco que comienza a ser inundación, que jura acabar con las especies, mientras sigo indeciso sin saber si prefiero morir entre tus piernas o arrastrándome en un charco, ahogado por la lluvia, paseando con la gota que va sobre mi espalda, buscando la corriente que va a parar al río.
Solo miro indeciso por la ventana y me dispongo a preparar un poco de café para darme cuenta de que estoy vivo, que resistí la embestida, aunque sigo nervioso, sin entender en qué lugar del continente estoy ahora, cuando de reojo me volteo de nuevo hacia la ventana impulsado por un ansia esotérica y a través de la lluvia puedo ver, un poco más allá, a un pequeño pueblito del Caribe.

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