Ana Frank


Al Sambil se va un domingo, golpe de mediodía, solo porque alguien te obliga o porque se está enamorado. Ni siquiera la remota posibilidad de que los carajitos disfruten de la pecera del nivel Acuario, justifica semejante sacrificio de paciencia y cordura.

Al Sambil, de paso, se va en tropel, hipnotizado e idiotizado, y nadie logra zafarse del enganche manipulador de las rebajas o los sobreprecios en las vidrieras, que primero te guiñen, luego te arrastran, te abrazan, te lenguetean, te violan, y aún te quieren virgen para una próxima oportunidad.

Un domingo alucinante en mi memoria reciente es el domingo pasado, cuando cogí con la mujer y los muchachos pal' Sambil bajo cualquier excusa inobjetable para comprar algo que en otro lado no existe, según la madre. Era un domingo, sin embargo, bonito, de sol radiante y nubes pomposas que le daban a Caracas un cariz exótico y abiertamente tropical.